A Carlos lo conocí en las charlas de cafetín de Taller Combes. Yo había programado en BASIC un simulador de ruleta, para probar el sistema de juego de un viejo libro, «Trece contra la banca». Él, de martingala sabía, y sintonizamos inmediatamente. Charlábamos mucho sobre eso. Por un tiempo, pensé que nuestro diálogo era solo sobre el juego, pero luego comprendí que Carlos se refería, indirectamente, a cosas más profundas, hablaba de la vida.

Vivir para él era una pasión intensa, un torrente de emociones que saboreaba hasta en el último detalle, que exigía acciones y decisiones fuertes, y que encaraba con un admirable coraje. Carlos nunca fue tibio. La mesura no era su condición. Y eso me fascinó…

El Carlos que conocí era un arquitecto consagrado. Ya había dejado su huella en nuestra memoria colectiva, diseñando y construyendo el sector turístico del Dique El Cadillal, imagen emblemática de una época de oro de la provincia. Ya había marcado con su sello la arquitectura de nuestra ciudad, con los reconocidos edificios Caribe y Pellegrini. Ya había ganado importantes concursos, como el estadio de Voleibol y el estadio de Fútbol Mundialista para Tucumán, que lamentablemente no se construyeron.

Un día me invitó a trabajar con él, y comenzamos una maravillosa amistad. En su estudio, un mágico laboratorio de alquimia donde lo imposible era lo cotidiano, vivimos infinidad de aventuras. Él, el Ingenioso Hidalgo de la Arquitectura, y yo su escudero, salíamos de campaña, en busca de esas esquivas rendijas de oportunidad que nos mezquinaba la profesión. Con el tiempo, cambió su lápiz-lanza por una PC, con la que batallaba afanosamente hasta arrancarle, en contra de toda lógica tecnológica y contrariando mis consejos, la asombrosa transmutación del gráfico en arquitectura.

Participamos en numerosos concursos, y diversos proyectos, entre los cuales se destacó la Facultad de Derecho y Ciencias sociales, donde un Carlos maduro y experimentado, de exquisita sensibilidad y una extraordinaria intuición, se lució con una obra magnífica.

Para Carlos lo fundamental en la Arquitectura era la dimensión ética. La arquitectura era la transformación del mundo y tenía que estar al servicio de un futuro mejor. En todas sus obras está este componente central, pero quizás se vea con mayor claridad en el edificio Caribe. Financiado con créditos sociales del Banco Hipotecario Nacional, donde otros arquitectos vieron anónimos y mezquinos bloques de viviendas, construcciones robustas para soportar el vandalismo de sus futuros habitantes, Carlos vislumbró la oportunidad de lo singular y humano de un hogar, y gestó este emblemático edificio.

Mención aparte merece su actividad como docente. Supo entusiasmar a docentes y alumnos, y embarcarlos en desafíos cuyos logros serán difíciles de superar, como el concurso de la Unión Internacional de Arquitectos «Celebración de las Ciudades» de 2004, que ganaron sus alumnos en el tramo internacional, y su cátedra en el tramo nacional.

Sus últimos años de actividad se los entregó a la gestión universitaria, desempeñándose como Secretario de Planeamiento en una época difícil y compleja, que le cobró caro a su físico y su ánimo, el esfuerzo realizado.

Carlos Prieto, sin duda, pertenece al grupo selecto de arquitectos esenciales, que se ganaron un lugar en la historia de la Arquitectura local, y de nuestra Facultad, pero, por sobre todo, fue, es y será, un ejemplo inspirador para alumnos y docentes, por su calidad humana, y su irrenunciable defensa de la arquitectura al servicio del hombre.

Roberto Gómez López

Video homenaje de la Facultad de Arquitectura y Urbanismo al Arq. Carlos Prieto, en el año 2015.

Video institucional de la UNT, sobre la remodelación y ampliación de la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales.

Video tomado del FEPUT, que lo distinguía años atrás, como el profesional destacado del Colegio de Arquitectos de Tucumán.